Crónicas inevitables

Sunday, May 28, 2006

La muerte visita Dulce Olivia


La muerte, de visita en Dulce Olivia...

Varias décadas tiene ya la tradición de las ofrendas en la Casa Fuerte de El Indio Fernández. Detalles, historias, nostalgias y añoranzas que este rito ancestral —irónico—, nos reviven nuestros muertos

Pedro Díaz G.

Algo más que jacarandas y colorines se cultiva en Zaragoza y Dulce Olivia, en la Casa Fuerte de El Indio Fernández: más que el arte, la creación —cine, literatura, música, amistad...—; es, además, el culto a los muertos que, en este caso, andan sueltos en cada detalle para ellos colocado sobre esta gran ofrenda que atraviesa pasillos, fuentes, alberca, escalinatas, patios, terrazas, arcos y laberínticos corredores.
(Todo se vuelve símbolos, señales, advertencias, lenguaje difícil de decifrar. Hay un sentimiento mágico en todo esto, de carácter sobrenatural, fuerzas ocultas, energías incontrolables).
La muerte —el innegable recuerdo de los muertos— ronda la casa. Adela Fernández llega del centro comercial y del taxi emergen un sinfín de bolsas en las que, una sobre otra, aparece un estuche de cuchillos, sin cuchillos. “Ya los volvieron a esconder”. Este año, al parecer, en el ritual de otra de Las Ofrendas de Adela, las ánimas desean lejos a las armas. “Ayer precisamente los compramos y desaparecieron cuchillos y tijeras junto con un carrito olvidado a las afueras del supermercado”.
—¿Por qué una ofrenda?; pero más allá, ¿por qué todos los años y cada vez con mayor entrega?
Hija de Emilio Fernández, Adela enciende un cigarrillo. Dispone de poco tiempo porque aún hay pendientes por hacer. Sus ayudantes: un pequeño ejército de amigos y sirvientes amigos, se mueve con sigilo colocando cada pieza en su sitio, confeccionado flores, ornamentando altares; recortando papelitos, evocando fantasías.
—El culto a los nuestros se basa en el miedo a la muerte y en una gratitud y reconocimiento, acaso tardío, a los progenitores, a tus antepasados; en una necesidad de trascender, de no creer que todo se acaba con el morir. Qué cariñosos, dirán: culto a sus muertos. No. Esto nos lleva al, escucha: cultivo de la permanencia significativa de los que ya se fueron. Es decir, a un acto de generosidad. De bondad.
(A mi hija Atenea le gusta trabajar de noche, prácticamente nos corre para poderse quedar en soledad. Dice que los ayudantes le “cortamos el aire”. Y sola ha movido los enormes muebles de ébano para adaptar y mejorar los espacios de la casona) —...No me atrevo a afirmar que la ofrenda les sirve a los muertos para crecer espiritualmente y para resolver sus lazos con la tierra; podríamos dudarlo. Pero estoy segura de que a los vivos nos hace mucho bien rendirles culto. Darles el reconocimiento; hacer palpable su presencia en nuestras vidas.
De noche. Las veladoras consumiéndose y labrando caprichosas formas sobre los altares; creando un lenguaje de símbolos que interpretarán los “lectores de altares”; emanando aromas de inciensos, pabilos, cempasúchil. De noche.
(La tarea de “los guardianes de las luces” es ardua y cansada, sobre todo porque nosotros dejamos encendida la ofrenda por varios días. A mi hijo Emilio Quetzalcoatl le corresponde esta responsabilidad y por horas se dedica a deambular cuidando de las velas, prendiendo las que se han apagado, enderezando las torcidas y prendiendo nuevas veladoras para sustituir aquellas que se consumen rápidamente. Emilio se devela y por fortuna cuenta con amigos que lo relevan para que pueda comer y dormir medias horas) Cada muerto ya tiene su altar, expresa Adela Fernández al abrir las puertas de su casa, no sólo al reportero sino a quien desee visitarla este fin de semana y, acaso, toda la entrante. Sus muertos: abuelos paternos —Emilio Fernández y Sara Romo—, maternos —Asela Iduate y Pablo Fernández— el tío Fortunato, “a quien mi padre admiró tanto”, los tíos, actores, Fernando, Agustín y Rogelio, la madre de crianza de el Indio, Eloisa Fernández, Emilio, Jacaranda, Lolita del Río, Lupita Gallardo, Manuel Parra, Carlos Riquelme, Frida y Diego, el griego, padre de Atenea, Dionisius Magules, Pita Amor...
La foto de Riquelme se mueve de un sitio a otro sin aparente razón alguna. A Pita Amor no le gustan sus adornos de dorado papel y alguien, por azar, los mueve de su altar. “Quiere oro. Pita quiere oro”, festeja Adela y se va a nuevas encomiendas.
(La foto de mi abuela paterna, Sara Romo, termina embarrada de dulce, ya de merengue, ya de calabaza en tacha o de chocolate o con las charamuscas derretidas encima. Cada año limpiamos muy bien su foto, pero invariablemente vuelve a “endulzarse”. Por su azucarada terquedad le apodamos, cariñosamente, “abuelita melaza”). —Esta tradición es reconfortante, libera angustias, libera deudas emocionales; acerca a la familia y acrecenta a los amigos.
La casa es, en sí, una ofrenda.
El Fuerte: construido por Manuel Parra, levantó muros altos, de vigoroso espesor y aunque impera el grisáceo de la lava, en época de lluvias se matizan con el verde del musgo. Desde afuera se miran impenetrables, agresivos, tajantes; desde el interior se sienten protectores y se suavizan con una larga arquería y algunos descansos de piedra que los indígenas llaman “asientos de Tezcatlipoca”; como adorno, en sitios estratégicos, sobresalen unas ruedas de cantera, agujereadas al centro, a semejanza de las que se usaban en el sagrado juego de pelota. En una lastra labrada se lee: La Fortaleza del Indio Fernández.
—Ayer apenas una de las señoras que nos ayuda trajo pan. De pequeña, cuando mi padre se enojaba conmigo, dejaba de hablarme por horas. Yo salía a la panadería y le compraba un “beso”, esa pieza que acomodaba por la noche junto a su vaso de leche. Eso me garantizaba el perdón. Ayer, al sacar un “beso” de la bolsa, no me lo comí. Fui a depositarlo en la ofrenda de mi padre.
(Un chupamirto entró a la casa y anduvo volando en el altar de Gladys Fernández, mi madre, y se dejó atrapar con facilidad, cosa extraña; lo salvamos de las velas y fue devuelto a la libertad. Para nosotros eso es símbolo de amor).




Noviembre, 2001

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